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Cada cultura, familia, sistema o persona tienen unas creencias de lo que es la vida, de quiénes somos y de cómo son los demás ya sean positivas o negativas; las creencias familiares se van transmitiendo de generación en generación, e influyen en la percepción y las acciones que emprendemos en el día a día, y las cuales son asumidas como verdades absolutas y no relativas.

El conjunto de creencias de una persona frente a sí misma, la familia, el trabajo, la economía, el amor, la amistad, y la sociedad entre otros, conforman el “paradigma personal” a través del cual se observa y se interpreta el mundo tanto interno, como externo; y afecta nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y las acciones y decisiones que tomamos permanentemente.

Es el manual bajo el cual actuamos, juzgamos lo que está bien o mal, establecemos el “orden” de las cosas, y lo que va gestionando cada paso dado a lo largo de la vida ya sea consciente o inconscientemente, puesto que es un programa que está almacenado en nuestro cerebro.

Las creencias son de 2 tipos:

1. Las creencias heredadas de nuestra familia:

Este manual de comportamiento que dice cómo debemos ser, qué se espera de nosotros como hijos, personas, estudiantes, padres o trabajadores, entre otros, que determina lo bueno y lo no tan bueno, que nos dice qué esperar de las personas, de la vida, de los jefes, del trabajo, del dinero, o de una pareja, etc., y que por supuesto, también define que no esperar de todo ello.

Son valores y antivalores que nos fueron transmitidos a través del ejemplo ya sea positivo o negativo, a través de palabras, dichos, y gestos que fueron quedando registrados en nuestro cerebro y que están detrás de cada acción y decisión que emprendemos ya sea de manera consciente o inconsciente.

Cuando se incumplen estas “creencias-normas” por alguna razón, se generan conflictos tanto en nuestro interior, como en la familia, nos sentimos culpables y nos castigamos auto-saboteándonos para no sentir paz y bienestar, se puede inclusive caer en el rol de víctima, (no soy bueno, inteligente, suficiente, etc.), o en el de victimario (a través de comportamientos agresivos, o excluyentes), ya que lo que nuestros padres dictaminan se vuelve ley y su incumplimiento genera culpa y sentimiento de deslealtad.

Por ejemplo: cuando una persona crece en un hogar con muchas limitaciones económicas y en donde los padres consiguen sus logros con mucho sacrificio, se sentirá desleal siendo próspero de manera fácil y fluida, así que por lealtad inconsciente repetirá en su vida lo experimentado por sus padres, y hará todo muy difícil para él o para ella de manera inconsciente; no obstante este es un tipo de lealtad negativa, en donde los hijos siguen el destino trágico o doloroso de los padres, ya que en lugar de poner luz en la familia, como digo yo, aumenta la oscuridad, y luego los descendientes deben asumir no solo el argumento de lucha de sus abuelos, sino también la de sus padres, tí@s, bisabuelos, etc.

Sin embargo, cuando elevamos nuestra conciencia, y  cuestionamos dicha realidad, nos damos cuenta que existe otro tipo de lealtad más positiva, en donde comparamos las experiencias de nuestros padres y sus resultados con los resultados de otras personas, y nos preguntamos cómo lo hacen los demás que obtienen logros diferentes, y entonces, buscamos y encontramos nuevas posturas, y empezamos a modificar las nuestras y finalmente nos damos cuenta de algo muy bonito y es que la más bella forma de lealtad es la positiva, en donde aprendemos de los aspectos negativos de papá y mamá, y nos damos el permiso y reclamamos al universo el derecho de transformarlos en nuestro interior y nuestra experiencia de vida.

Cuando observamos a nuestros padres y vemos que los resultados que obtuvieron no fueron satisfactorios, creamos nuevas estrategias en nosotros, y lo negativo de ellos se vuelve positivo en nuestra vida, nos permitimos ser exitosos y prósperos, ponemos una nueva verdad que va afectar 4 generaciones adelante, y así no solo tocamos nuestro presente, sino que también a través de la memoria genética (Epigenética), contribuimos con la transformación de nuestros hijos y descendientes, en un hermoso acto de amor.

No quiere decir esto que lo que nuestros progenitores nos muestran no sea un acto de amor, claro que no, pues es otra forma de expresarlo, ya que, con su sufrimiento, con sus frustraciones ellos nos muestran que no ser y que no hacer para que nosotros seamos diferentes, nos muestran con sus vidas que su estrategia no funciona y nos invitan silenciosamente a encontrar nuevas formas que nos permita vivir mejor, y en este acto también está presente la grandeza del amor.

2. Las creencias propias:

A través de nuestro diario vivir vamos aprendiendo y haciéndonos imágenes acerca del mundo que nos rodea, y vamos afirmando, validando, o contrastando las verdades aprendidas en casa con nuestras propias verdades, o si tenemos un nivel más alto de conciencia, empezamos a cuestionar las verdades de nuestra familia, a confrontarlas con nuevas realidades y construir nuestro propio sistema de creencias.   

Lo difícil de esto es que en lo que creemos, es lo que creamos, así que cuando tenemos todo un manual de creencias negativas, nuestro cerebro que no le gusta  “No tener la razón”, empieza a atraer experiencias que confirman que nuestras creencias son verdades absolutas, lo mismo sucede obviamente con las creencias positivas, así que nuestro gran y bonito reto es transformar las que nos limitan, en afirmaciones positivas que nos permitan y nos faciliten el logro de nuestros objetivos y por ende nuestra realización como personas a todo nivel.

Es por esto, que conscientemente debemos tomar la “Decisión Vital”, de hacernos cargo de nuestra transformación, tomando conciencia de dichas creencias, cuestionarlas, y reprogramarlas en nuestro cerebro, con el fin de fluir hacia una vida más armoniosa, tranquila y feliz.

Escrito por: Dra. Naylla Kafruny


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